Un trabajo extraño con el que soñaba de niña

Cuando estoy leyendo, de vez en cuando me agarra por leer en voz alta. Hacer el ejercicio de pronunciar bien las palabras y escuchar cómo suena cada una de ellas.

Esto me recuerda a un trabajo con el que soñaba tener desde niña, incluso no me molestaría encontrar algo similar ahora que lo vuelvo a pensar casi dos décadas después.

Mi “cuando sea grande” era grabar libros. Lo explico de mejor forma: deseaba grabarme leyendo libros, cuentos y/o ensayos y que esas grabaciones se utilizaran para las personas ciegas o adultos mayores que ya no pudieran ver bien.

Puede sonar extraño si te lo dijera una niña de 10 años, pero no era algo muy lejano a mi realidad. En el colegio conocí a niños con ceguera y sabía que ellos estudiaban escuchando los libros y yo quería ser esa voz que escuchaban, pero me resultaba muy aburrido leer libros científicos o de idioma español, por eso apuntaba a ser la voz de las novelas y los cuentos.

Esta idea nace de un problema de salud que compartimos entre mi abuela, mi mamá y yo. Se resume como “ojo seco”, algo común en la era de las computadoras y los monitores ¿verdad?

Pero estas dos palabras minimizan el sufrimiento de mis primeros años y el de mi mamá cuando me veía y pensaba que lo único que me heredó fueron las enfermedades.

Resulta que nuestros ojos se resecan a tal punto que el simple parpadeo llega a lacerar el epitelio de la córnea. Es decir, cada vez que yo sentía el ojo seco era como si una lija pasara sobre mis ojos, o como que si mi ojo estuviera lleno de una capa pegajosa y que cuando pasaba mi párpado, éste se pegaba y me pasaba desprendiendo la capa más cercana a la córnea.

Generalmente me sucedía de noche, mientras dormía y la situación era más dramática cuando jugaban tres factores en específico: si era verano, si estuve mucho tiempo viendo televisión o si estaba en una situación de mucho estrés y ansiedad.

Esto me sucedía de una a dos veces al mes y en cada ocasión tenía que guardar reposo de dos a cinco días. En mi peor época, llegué a faltar en total dos semanas al mes al colegio, al punto que un maestro escribió en mi cuaderno una nota de fin de año que decía: “la extrañaré aunque haya faltado la mitad del tiempo a clases”.

El dolor que provocan estas laceraciones te inmoviliza. Es como si no tuvieras piel y la simple brisa y el reflejo de la luz de una bombilla te hacen daño. Así me sentía, por eso me tenían que poner un parche en el ojo lastimado y debía guardar reposo absoluto para sanar en la oscuridad.

Si lloraba me iba peor. La acidez de la lágrima me provocaba un ardor insoportable y eso solo me daba más ganas de llorar. La frustración de ese círculo vicioso me provocaba muchos dolores de cabeza. Cuando lograba levantarme de la cama, caminaba a ciegas hacia el comedor o el baño porque el simple esfuerzo de abrir el ojo vecino, es decir, el que no estaba lastimado, también me provocaba dolor.

En fin, con las continuas idas al hospital Rodolfo Robles me di cuenta que el tercer factor era el predominante y por eso solía enfermarme antes de alguna presentación importante en el colegio,  previo a Navidad o con la visita de mis padrinos.  Entiendan que para una niña de 10 años estos eventos me generaban mucha ansiedad y por eso tengo algunas fotos de la cena de Navidad con un parche en los ojos.

De esta forma llegué a mi pre adolescencia con dos lecciones: Aprendí a no temerle a la oscuridad y a manejarme a ciegas en un espacio reducido y la otra lección –un poco cruel- fue no llorar y controlar mis sentimientos.

Con ésta última me llegué a reconciliar (quienes me conocen lo saben) y poco a poco he dejado que las lágrimas salgan cuando sea necesario, sin tenerles miedo a que me provoquen más dolor.

En fin, tras la muerte de mi abuelita la única persona que sabe exactamente qué se siente todo esto es mi mamá y esto se debe a que ella padece de lo mismo. Supongo que ser madre de cuatro niños de 7, 8, 9 y 11 años no era nada fácil por lo que ahora la comprendo cuando tenía ataques de ansiedad que le derivaban a las laceraciones en los ojos.

Y cuando esto sucedía, me acercaba con un periódico en la mano, me sentaba a la par suya mientras ella estaba recostada en la cama y le leía las noticias en voz alta. Leía la primera plana, pasaba a los titulares de las siguientes hojas, bajaba por el lead y si le interesaba la noticia la terminaba de leer.

Lo hice en un par de ocasiones y resultaba chistoso porque había días en que ella no quería saber nada de lo que pasaba en el mundo, pero a mí me gustaba tanto leerle que insistía y no sé por qué lo hacía siempre con el periódico y no con un libro.

En fin, durante ese tiempo soñaba con hacer eso el resto de mi vida y que me pagaran por ello, a mis 10 años pensaba que por fin encontré algo en lo que era realmente buena.

 

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